TREGUA
Terminó el fuego amigo. Prisa y Mediapro se enrocan en las posiciones iniciales (esto es, el fútbol de pago salvo un partido a la semana) y firman unas caóticas tablas de las que sale beneficiado el gobierno central y también la oposición, por aquello de cuanto menos batallas y menos manos sobre la información, mejor. La clase política siempre sale ganando, oiga. El órdago de Moncloa -advertir a Cebrián que podrían dejarle en la estacada si encontraban otro partenaire- ha acabado por convenir a unos y a otros: a Roures y Emilio Aragón porque comparten su enorme deuda (fruto de su agresiva política de adquisiciones, compra de derechos y obsequios al consumidor), y se garantiza la estabilidad comercial de un transatlántico, y a Prisa porque reflota de momento Digital+ y conserva el fútbol, el iceberg de su negocio. Mediapro había adquirido (que no pagado) los derechos de la Champions para los 3 próximos años, lo que dejaba a la plataforma de Prisa persiguiendo sombras y sin comprador.
Sacrificadas como lastre las televisiones locales, las librerías minoristas, los edificios señeros, los principales ejecutivos y la inversión en contenidos de calidad, amén de la paz social en sus redacciones, la tormenta perfecta que se avecinaba retrocede en Prisa, con el aval de Telefónica y, azarosamente, con el retorno del influyente propietario de ACS a la primera plana sociocultural. La decisión de poner en el mercado la tarta publicitaria de TVE actúa no ya como revulsivo, sino como séptimo de caballería para ambas empresas, que de la noche a la mañana aprovechan otra argucia política de Zapatero (el visto bueno a las fusiones de operadores privados) para aglutinar Cuatro y La Sexta. El panorama del audiovisual se define de forma transparente de cara al futuro digital: bipartidismo (la caspa de Antena 3 por un lado, y la anestesia indigesta resultante de la fusión por otro) más el negocio de Berlusconi actuando de bisagra. A las veinticuatro horas ha recibido el delincuente magnate italiano la primera andanada de sus crecidos competidores ibéricos, para ir abriendo boca. Quedan, además, las franquicias o canales temáticos, todos, o casi, bajo bandera norteamericana, y las televisiones públicas y autonómicas repartidas por gobernaciones y con via libre para el endeudamiento. Cabe esperar que tan voluble escenario no varíe en breve, pues va a ser más que entretenido comprobar hacia dónde deriva una televisión pública con 6.000 empleados dedicados a ejercer de aquello para lo que se les contrató en su día: una televisión de calidad en sus contenidos, sin preocupaciones de mercado, al servicio de la pluralidad social y la educación, sin la angustia de la audiencia y convertida en (aparentemente) minoritaria. Y todo ello por la desaparición de la publicidad como fuente de financiación. La pagaremos los ciudadanos por dos vias distintas (a base de impuestos y a través del aumento de la tarifa de los operadores de telefonía), pero, claro, aún pagando, es medio siglo de rutina.

