OBSOLESCENCIA


La joven dependienta lleva una ceñida camiseta con el nombre de la tienda, un local diáfano en el que te arrulla el color blanco de los Macintosh, esas máquinas perfectas. Cuando entro, ella atiende a un cliente por teléfono y, al terminar, entonces repara en mí. Sin disculpa de por medio, escucha lo que le planteo y, por supuesto, ya a nada puedo aspirar. La batería del IPod de 360 € comprado hace año y medio -con la absurda esperanza de igualar la longevidad del reproductor de CD adquirido en 1989-, es preciso cambiarla: no existe alternativa. ¿El coste? Mínimo 120 €. En cualquier caso, dice la joven, ese modelo está "obsoleto". "Sólo" puede almacenar 5000 canciones, y el último, 30.000. Es decir, más de lo que suma mi coleccion de discos iniciada en 1977. La frase sale de su boca como el padrenuestro de una novicia: "le saldría mejor comprar uno nuevo". Obsoleto, dice, con esa suficiencia de los inocentes, como echándome en cara mi decrepitud tecnológica y ese aire de mediocridad. Como si gritara "¡al ladrón!" a un tironero. La obsolescencia planificada es la fórmula magistral del consumismo, el sacramento del búfalo que se nos impone. Y asumimos nuestro desuso. Como estas dependientas, que a todas luces serán reemplazadas cuando pierdan su lozanía por otra (sin) igual. Como uno mismo. Como nuestra vida misma, en la que elegimos esta complicidad. Cuando salgo enfurruñado, dos clientes esperan su turno: una pareja de ancianos. En la oreja izquierda de él se sujeta un auricular. Blanco. Me pregunto qué querrían.

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