DECRECER
Extremadura, como otras comunidades acostumbradas a la coerción económica, social y política, va a enfrentarse a una nueva década de vacas muy flacas. Su gobierno (es decir, los cuatro gatos al mando), que ha desaprovechado veinticinco años haciéndose pasar por otro, más imaginativo y craso, descomponiendo de paso la disposición anímica de la ciudadanía, continúa enquistado en un monolítico estilo de actuación, estrecho de miras, incoherente con el mínimo nivel de inteligencia, capacidad de anticipación, lectura del contexto mundial e imaginación al servicio de la ciudadanía. Mínimos exigibles a todos, desde luego, pero en particular a gobernantes residuales a nivel global, como son los nuestros, sin capacidad de influencia por el número de habitantes, aportación al PIB y a la gobernabilidad del Estado.
A vueltas con las infraestructuras y el desarrollismo, Vara apuesta aún por la fórmula de la tirita en la herida de la crisis, como si ésta fuera realmente provisional y no una evidencia de la metástasis de un sistema en descomposición que nos aboca a una agonía lenta, pero justa. Y yo diría que metódica en su naturalidad. Ningún político tiene la decencia de exigir el decrecimiento, incluso en una situación de aparente bonanza como la que se exhibe de esta Extremadura que ha preferido el subsidio de sus explotadores históricos a la insubordinación frente a ese mismo status quo. Prefiere el gobierno mantener en la hucha a sus electores, pese a que ya están suficientemente cautivos como para darles la espalda ante cualquier decisión, por arriesgada que fuera. La demagogia es un mecanismo rutinario, propio de la indefensión ante las ideas. Defiende la cúpula aguerridamente los intereses de sus familias políticas y empresariales, acumulan méritos para cuando han de rendir cuentas ante los financieros que les conceden el beneficio de sus dudas, y el impago de sus deudas. Prefiere Vara mantener reprimidos a los opositores a escuchar mínimamente sus propuestas, algunas de las cuales podrían salvar muchos cuellos. Para eso cuenta con sus asesores, expertos en reuniones con mentes preclaras de todo el planeta, sin que a fecha de hoy se atisbe para qué ha servido tanto congreso en la cumbre, más allá de brindis al sol.
Así, Vara se reúne con el ministro de Fomento y sale con el compromiso del "sí" para la construcción inmediata de la autovía entre Cáceres y Badajoz, mediante una fórmula propia de la ingeniería financiera que tan bien nos ha ido -al futuro a corto plazo nos remitimos-: la Junta adelanta el dinero mediante deuda (63.000 millones de pesetas), se hace cargo de los intereses financieros y consigue el compromiso de que Madrid reintegrará el capital a fin de obra. Fuere quien fuere el partido gobernante en Moncloa para entonces. Con ello, las autoridades locales continúan dando la falsa impresión de movimiento económico y de estabilidad futura (como si fuera sostenible la automoción en sus términos actuales a medio plazo) a través de un proyecto absurdo, que no cumple las condiciones básicas para convertir una carretera convencional en autovía (en particular, la densidad de tráfico y el hecho cierto de que existe una alternativa ya terminada) y supone además un impacto ambiental no ya estratosférico sobre la Sierra de San Pedro (auténtica prueba de nuestra riqueza faunística, botánica, histórica y ecológica, más abundante que la del Parque Nacional de Monfragüe) sino incoherente con su conservación como futuro recurso económico. Pues no contento con ello, el otro margen de la Sierra, la conexión entre Cáceres y Valencia de Alcántara, se mantiene y exige como futuro corredor también de autopista. Una carretera, la actual, que soporta el tráfico de trabajadores y diletantes entre la capital y sus dos municipios más cercanos (kilómetros 47 a 62), pero que se convierte en un páramo a partir del kilómetro 66. No pensarán lo mismo acerca de esta infraestructura los cazadores y marqueses, los promotores de obra o los profesores de colegios e institutos que se desplazan a diario en coches particulares, haciendo la vista gorda de la paralización del ferrocarril que discurre paralelo o del vergonzante nivel de ocupación del transporte público tanto entre Cáceres y Badajoz como entre la capital y la comarca valentina.
Así las cosas, con la reapertura de la vía férrea Ruta de la Plata en un convincente estado de espera permanente, la apuesta es por las grandes infraestructuras que lleven de compras y servicios hasta por cuatro puntos diferentes de alta velocidad a alentejanos y extremeños, sin perjuicio de la aparición de otros ciudadanos de los estados Schengen. Que posibiliten la ruta de mercancías a franquicias de todo el planeta occidental. Que, deprisa, deprisa, lleven al tajo a los constructores y sus empleados durante tres o cuatro años, con el devenir económico pendiente de un hilo y una tupida red de autovías que mantener al cargo de una administración endeudada y en manos de una troupe de malabaristas encerrados en su noción de prosperidad y progreso. ¿A costa de qué la imponen, no el progreso y la prosperidad, sino sus propios conceptos de ello, a menudo contradictorios entre lo prometido y lo consumado? A costa de la naturaleza, de la salud ya enfermiza de esta tierra. Naturaleza, nada más que naturaleza, cuyo cuerpo pisotea todo dios con sus pesadas botas de hormigón. A costa de la imaginación, de la búsqueda de un cambio de rumbo, que para eso cobran sueldos astronómicos políticos y técnicos: para garantizar el bienestar de las generaciones actuales y futuras, y la preservación del medio ambiente. Sin lo segundo, nunca podrá acontecer lo primero. Y nos encontramos en un cruce decisivo, queramos o no verlo. Y que todos los tuertos decidan que están a favor del sacrificio no debería significar que el ciego no justifique sus decisiones, siempre en el mismo sentido, constantemente banal, sin tener en cuenta las consecuencias de su fracaso como pensador.

