CAPITULO 6


"Son libres de cazar los cazadores. Tienen las armas, y poco importa la agonía que les rodea.
Igualmente, son libres de ganar los que tienen dinero.
¿Por un puñado de aves, de ciervos, de liebres o de conejos, quién va a impedir cazar a los cazadores? Vuelan las grullas gritando. Las mismas que perdieron al empezar el nuevo siglo gran parte de sus habituales dormideros y comederos de invernada, bosques del suroeste europeo sacrificados para convertir un último río en ganancias turísticas, campos de golf y piscinas en la costa alentejana. Bosques y campos salvajes no fueron suficientemente importantes para ser respetados.
La tierra, gritan por todos los medios las compañías que ganan, carece en sí misma de importancia. Que el clima se altere, que deje de llover o que caiga más agua, que aumente el nivel del mar o se detengan las mismísimas corrientes oceánicas, que se licúe entero un continente de hielo y todos los glaciares se vuelvan agua salada. Que la fertilidad decaiga. No pasa nada. Tienen las armas, controlan la información y la clave de nuestra supervivencia inmediata en sus grandes cajas de plástico. Vuelan seis grullas gritando, mientras los tiros resuenan en todos sus puntos cardinales. Son una uve de alarma que nadie ve en el paisaje. Arriba, el cielo anormalmente despejado surcado por los aviones se viste cada mañana sequía de otoño falso, castigo de aquellos seres que dependan de ese agua. Nada de todo esto saldrá en el telediario. Cumpliendo nuestros horarios, iremos a trabajar para seguir dando ganancias. Somos pollos de un mundo convertido en mera granja. Nunca ha sucedido nada semejante. Nuestra alienación alcanza cotas insospechadas, pues ya no poseemos ni el derecho a defendernos cuando perdemos lo que vitalmente necesitamos. Nuestra situación se parece a la del que es obligado a cavar su propia tumba y después a suicidarse. Es paradójico, pues ¿cómo se puede obligar a alguien a suicidarse? Evidentemente, convirtiendo en su único modo de vida posible aquel que le mata. Al ser humano lo mata en la actualidad su tecnología, y, evidentemente, su tecnología (dinero incluido, pues la producción del dinero es parte de la tecnología contemporánea) es su modo de vida.
Nuestra sumisión está garantizada, pues no en balde se llama poder al poder, y nunca el poder había alcanzado tan alto grado.
La llamada libertad política y la llamada seguridad jurídica están tan vacías de contenido que hasta sin vulnerarlas se nos puede hurtar todo intercambio y toda producción que quisiéramos o pudiéramos aún desempeñar espontáneamente para intentar autoabastecernos. Se nos condena a depender de modo absoluto de nuestros amos, los distribuidores de bienes, que controlan ambos extremos de la actividad económica: la producción y el consumo.
Naturalmente, ésta no es la percepción de la mayoría de las gentes. Se cree todavía en la legitimidad de gobiernos y empresas, y en el supuesto control de éstas por aquellos. Aunque sea cada vez más evidente que los gobiernos están gobernados, a su vez, por las empresas. Algo inevitable, por otra parte, pues, ¿qué gobierno podría prohibir algo a los dueños de la actividad económica?
El suicidio en masa se perpetra con el consentimiento o la incapacidad para oponerse de las gentes. Unos son agentes de ese poder, otros aspiran a serlo o aceptan vivir sometidos a aquellos, pues creen fervientemente en la imposibilidad de que la sociedad humana se organice de otro modo.

Y no es una creencia vana, pues seguramente el tren ya ha descarrilado"


"Antonio Maya. El legado", inicio del capítulo 6.
Ana Baliñas