“Puedes pasar media hora en el cielo, antes que el diablo sepa que estás muerto” (proverbio irlandés)
El pasado 25 de junio Sidney Lumet, cineasta norteamericano, cumplió 85 años. Que haya podido, a su edad, seguir rodando en Hollywood, es para creer en milagros. Que su último trabajo, además, sea una contundente obra maestra (su guión alarga las sombras de los dramas brutales y existenciales de Paul Schrader o Russell Banks, además de desenterrar las pesadillas anímicas de los personajes de Todd Solondz), no debería asombrar. Aún así, impresiona. "Antes que el diablo sepa que estás muerto" ("Before the devil knows you're dead", EEUU, 2008) es un milimétrico ejercicio de composición cinematográfica que, sobre un andamiaje de cine negro con retruécano argumental -dos talluditos hermanos en apuros económicos deciden atracar el negocio familiar, la joyería de sus padres-, depura un descarnado ensayo sobre la asfixia del capitalismo, el desangramiento social que supone un mundo sostenido en apariencias, cuya cimentación es la mentira, la hipocresía, la superficialidad, la violencia y el rencor. El mal en su sopa. Parece lo de siempre, pero no lo es. Es creíble y amargo.
Lumet construye con su guionista (un debutante, Kelly Harrison, que evidentemente ha vendido su alma al diablo para poder facturar semejante trabajo) un relato de idas y venidas cronológicas que deviene en un círculo perfecto: cada papel en la trama es un anclaje sin igual y sin sustituto posible. Tal es el nivel de matiz que consigue Lumet, que su depuración de lo superfluo parece natural, cuando es magistral. A reseñar, por ejemplo, el tratamiento físico de los interiores de viviendas y oficinas, convertidos en escenarios literalmente incómodos a la vista del espectador, y en auténticas prisiones interiores para los personajes, dónde la cámara a duras penas trasiega entre muros, personas y objetos de diseño: inútiles, inservibles.
¿De qué trata la película?: Del paulatino descenso a los infiernos -por sendas muy diferentes- de la práctica totalidad de los personajes, aparentemente a salvo en su "media hora en el cielo", esos hogares burgueses donde todo está anclado por postes tan frágiles como el silencio, y carcomidos por la insatisfacción; de las carencias de afecto y bondad de todas y cada una de las personas que anudan la trama (aquí no se salva nadie, ni los repugnantes y consentidos infantes que pueblan el metraje, inyectados de consumismo y competitividad); de la cruel desnudez con que se relata la evaporación de los servicios públicos ante la acumulación de los dramas, de la dejación absoluta de sus responsabilidades (a nivel policial, sanitario y de asistencia social); de una impunidad que lastra hasta el último consuelo; del riesgo del amor físico como convención y de la ficción del paraíso artificial, higienizado y prescrito, como complemento vital. Del dinero como pegamento de una falsedad corrompida hasta el pasmo. También, de un robo chapucero con resultado de muertes.
Mención especial a los intérpretes, enormes los varones (Finney, Seymour, Hawke) e insólita Marisa Tomei, en un trabajo que asusta: si éste es su nivel cuál será su límite. Decir que se trata de un filme inquietante es, pues, una obviedad. Más que ello, es otro de esos cantos de sirena (de urgencias) que se evaporan al rebufo de las grandes alharacas que, aún, dominan los mensajes y recomendaciones de los grandes medios. Una película imprescindible para conocer cómo se narra hoy en día -tal y como el propio Lumet anticipara en "Veredicto final" ("The Verdict", 1982)- la corrosión de un modelo social, familiar y económico que nos ha llevado a precipitarnos al abismo, en el que aleteamos a la espera de aterrizar, irracionalmente, sin merma. Que un patrón de ochenta y cinco años sea quien se ocupe de cantarlo es, al fin y al cabo, lo más natural. Que prestemos oidos sordos no lo es tanto.
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